Pero luego, de repente, tienes dinero, mucho dinero. Y aquello que añoraste lo tienes, aquello que envidiabas puedes tenerlo en tus manos, ahora la que provocas envidia eres tú, pero... sigues sin sentirte bien. Lo tienes todo pero parece que los problemas se multiplican, ahora otros problemas pero que parecen incluso peores que antes, aunque supuestamente lo tienes todo.
Y es que somos más felices cuando deseamos las cosas que cuando las tenemos... obviamente siempre y cuando tengamos satisfechas nuestras necesidades básicas de alimento, vivienda y seguridad. Cuando lo que necesitamos para vivir está satisfecho y nos mostramos agradecidos por ello, esto es muy importante así que lo voy a repetir, y nos mostramos agradecidos por ello entonces deseamos.
Para nuestra mente más profunda no hay mucha diferencia entre lo que imaginamos y la realidad, así que cuando deseo algo, ya sean objetivos personales o profesionales o ese bolso tan bonito que he visto en un escaparate, pues empiezo a imaginar lo que sería tenerlo, como llegar a conseguirlo. Disfruto de la motivación de moverme hacía ello, disfruto de cada paso en el camino porque en cada paso tengo lo que deseo en mi mente y, cuando lo tengo en mi mente, lo tengo. Pero al no poder tocarlo sigo deseando. Incluso igual no lo puedo comprar nunca pero... ahí está, dentro de mi, en mis sueños.
Y de repente, como decíamos antes, nos encontramos con muchísimo dinero. Y el dinero nos quita la capacidad para desear, de soñar, si queremos algo vamos y lo compramos. Y... pafff, se perdió la magia, el tiempo de espera, del disfrute de imaginar cómo sería si estuviese en nuestras manos, ya lo tenemos, lo disfrutamos unos instantes y la pasión se pierde. Además en esta sociedad de profunda influencia judeo-cristiana, católica más bien porque Jesucristo predicaba algo bien diferente, nos enseñan que las cosas que no se consiguen con esfuerzo no tienen valor y eso está grabado a fuego en nuestro subconsciente así que, si consigues algo sin ningún esfuerzo, no te ha costado nada, rápidamente el objeto en cuestión pierde su atractivo.
Por ejemplo, si te atrae alguien y ese alguien te corresponde rápida e intensamente pierde su valor, en cambio, si ese alguien te mantiene en vilo sobre sus intenciones el objeto de deseo cada vez se va volviendo más valioso y en esos momentos nos preguntamos ¿Por qué no me gusta el chico ese que es tan perfecto, en vez, de este petardo que me hace sufrir tanto…? Así que si encuentras un chico con un Ferrari que se enamore de ti locamente y te proponga matrimonio a la semana de conocerte, corre, corre muy lejos porque posiblemente acabes con un estado de anhedonia intenso, sintiendo que tienes todo lo que hay que tener en la vida para ser feliz pero no lo eres. Y encima te sientes culpable porque todo el mundo a tu alrededor te pregunta que quieres más si lo tienes todo, ¿Todo? No, falta lo más importante “ilusiones”…

Así que tenemos todo lo que podemos desear y no lo disfrutamos tanto como pensábamos antes de poder tenerlo. Y es entonces cuando nos damos cuenta de todas las cosas que no se pueden comprar con dinero, el amor, la amistad, el calor de una compañía sincera... y entonces empezamos a añorar eso que no tenemos. Y quizá la diferencia con aquello que si podemos comprar es que lo que no se puede comprar fuera forma parte de nuestra esencia interna, y cuanto más conectamos con lo que somos más plenos y mejor nos sentimos, mientras que cuanto más conectamos con adornos del exterior, mejor nos sentimos... un ratito.
Así que quizá la lección que tenemos que aprender es a ser felices con lo que somos, con lo que tenemos, para así descubrir que la felicidad está dentro de nosotros y, si en algún momento de nuestra vida nos hacemos ricos, poder ser felices también cuando lo tenemos todo, tanto como cuando no lo teníamos porque, al final, seguramente lo importante es lo que somos, lo que sentimos siendo más de lo que nos hace sentir el hacer o el tener. Pero ya sabéis, sólo quizá...
Toñi Figueredo y Antonio de Dios