Federica subía a casa absolutamente
indignada.
- Agustín, el del tercero, es un
auténtico maleducado - le contó a su madre en un tono muy parecido al de los
gritos. - Me he cruzado con él en el portal y, una vez más, yo le he dado los
buenos días y él ni se ha dignado a contestarme. Es un gilipollas integral y no
voy a volver a saludarle.
- Federica - le dijo su madre. - ¿Tú
quién eres?
- ¿Cómo? – Respondió Federica algo
sorprendida y ya bajando considerablemente el tono.
- Te pregunto que tú quién eres -
respondió ella dulcemente y al ver su cara de no entender nada prosiguió. - ¿Tú
eres una persona educada o maleducada?
- Educada.
- Y si dejas de saludar a Agustín
cuando te cruces en el portal ¿en qué te convertirías?
El silencio de Federica fue una
respuesta más evidente que cualquier palabra que hubiese pronunciado.
- Pues hija, si dejas de ser quién
eres y te conviertes en lo que no eres será imposible que seas feliz. Porque
sólo podemos ser felices desde lo que somos en realidad. – Tras un pequeño
silencio su madre continuó. – Si dejas de ser quien eres entrarás en una en una
guerra contigo misma y esa guerra no sólo te hará sentir mal, sino que
provocará que desde ese momento toda tu vida alrededor de ese hecho estará
dedicada a buscar mil y una justificaciones de por qué Agustín es el culpable
de tu malestar. Cuando en realidad, es sólo tu decisión de dejar de ser quien
eres lo que te lo estará provocando.
Federica escuchaba inmóvil mientras
que muchas cosas se iban moviendo dentro de ella.
- No sé si es muy importante quién
tiene razón o por qué Agustín actúa así. Igual es un maleducado o quizá
simplemente sea tan tímido e inseguro que le sea más fácil bajar la cabeza que
mirar a los ojos y decir buenos días. Pero eso no es lo importante, lo
importante es qué vas a hacer tú ¿Vas a juzgarle, rebajarle y, tras haber encontrado
las justificaciones que te lo permitan, agredirle? ¿O vas a ser fiel a lo que
eres, respetar sus motivos o sus valores aunque sean diferentes a los tuyos y
seguir tratándole con el amor que hay en tu corazón? – prosiguió la madre de
Federica en un tono ya más solemne, consciente de la importancia de los cambios
que se estaban produciendo dentro de su hija.
- Ten cuidado hija, hay decisiones
con las que luego cargamos toda la vida – Y, tras hacer una pausa, prosiguió. –
Al traicionar nuestros valores creamos una guerra interna que sólo podemos
ganar si nos ponemos en una posición de superioridad ante el otro. Para ello, empezamos
a filtrar la realidad para hacerla coincidir con nuestro pensa-miento. Primero
imaginamos que somos inocentes y tenemos razón, para eso distorsionamos la
realidad atendiendo solo a los hechos que confirman nuestra bondad y que somos
víctimas. Luego hacemos una segunda distorsión de la realidad, juzgamos al otro
fijándonos solo en lo que ha hecho mal, eliminando cualquier dato que nos diga
que el otro también es un ser humano con cualidades, bondad y sentimientos. A
partir de ahí iniciamos guerras contra los demás, cuando en realidad la única guerra es contra nosotras mismas desde
el momento en que decidimos traicionar nuestros valores y a nosotras mismas.
Seguramente es más fácil culpar al otro que enfrentarnos a nuestras propias
inseguridades y miedos, pero eso no nos hará felices de verdad.
Además, Federica, ¿Quién dirige tu
vida? ¿Tú misma o Agustín? ¿Quién decide lo que harás el próximo día por la
mañana en el portal de casa? -.
Pero Federica ya no estaba
escuchando, porque hacía rato que había comprendido el sentido de las palabras
de su madre, algo muy dentro de ella le decía que no olvidaría nunca esa
lección y, además, ya sabía lo que haría el próximo día que se encontrase con
Agustín en la puerta del portal de su casa.
Y es
que cuando olvidamos quiénes somos y empezamos a culpar a los demás de nuestras
propias traiciones a nuestros valores entramos en un círculo vicioso en el que
culpamos a los demás de algo que es sólo nuestro: nuestra traición a nuestros
propios valores.
Imagina
que algunos de tus valores son, por ejemplo:
-
Ser una persona educada, como Federica, en vez
de maleducada.
-
Ser abierta frente a ser cerrada.
-
Ayudar a las personas vulnerables en vez de
machacarlas.
-
Ser independiente dejando que mi vida dependa de
mí.
Entonces
se produce una situación en tu vida que te reta, por ejemplo que alguien te
insulta o te trata de manera brusca sin motivo. Ante esa situación se abren
ante nosotras dos opciones: honrarnos o traicionarnos. Cuando me honro sigo mis
valores, cuando me traiciono hago lo contrario a lo que dictan mis valores
(muchas veces haciendo exactamente lo mismo que lo que critico en el otro).
Cuando
recibo el insulto ¿qué ocurre en mí?:
-
¿Permanezco educada o por dentro insulto de
vuelta? Si dentro de mí empiezo a juzgar a la persona como una impresentable,
ignorante, abusiva, etc. entonces ¿estoy siendo educada o maleducada?
-
¿Me pongo en una posición abierta preguntándome
qué hace que la persona se ponga así o me cierro pensando que se equivoca y es
injusta?
-
¿Me pongo en una posición de ayuda o como me ha
insultado me centro en hacerle pagar su afrenta y dejo de colaborar? En el
módulo anterior veíamos que una persona que se pone agresiva es una persona que
se siente en peligro o amenazada así que… ¿es una persona que se siente
vulnerable?
-
¿Sigo estando feliz o me enfado? Mi día empezó
bien y yo me sentía bien, pero desde que esa persona me ha tratado así me
siento mal. Así que si esa persona ha cambiado mi día… ¿estoy siendo
independiente o soy dependiente de cómo me traten los demás para sentirme de
una manera u otra?
Si
he contestado a muchas de esas preguntas con la segunda opción, entonces estoy
traicionando mis valores. Cuando lo hago ¿Cómo me siento? Pues imagino que muy
mal y como no nos gusta sentirnos mal empezamos un proceso defensivo de
justificación. Justifico mi traición a los valores a través de una pequeña
distorsión de la realidad que hace que el otro sea el culplable. Esa distorsión
tiene dos vertientes. Por un lado me elevo a mi misma, elimino de mi percepción
la parte en la que estoy siendo maleducada, cerrada y agresiva y doy valor a mi
parte que se siente atacada, víctima, que no ha hecho nada, que no merece ser
tratada así, ect. Por otro lado rebajo al otro, me centro en las cosas que está
haciendo mal olvidando todas sus características buenas.
Y
cuando hago esa distorsión de la realidad, ¿cómo reacciona el otro? Pues evidentemente
haciendo lo mismo, defendiéndose de mi rebaja subiéndose a ella misma y
respondiendo ante la elevación que hago de mí misma rebajándome. Es decir, con
mi actitud favorezco una justificación a su autoengaño y ella con su actitud
favorece el mío. Tenemos así servido un bonito conflicto que… ¿por qué se
mantiene y crece? ¡Simplemente porque he traicionado mis valores!
Existe
una ley universal, ley de causa y efecto, que nos señala que todas las
energías, positivas o negativas, que enviamos al mundo vuelven a nosotras pero
multiplicadas. Si sembramos amor cosechamos amor, si sembramos odio recogemos
odio. Parece un concepto muy sencillo y a veces irreal, todas tenemos
experiencias en que alguien no recibe “su merecido”, pero una mirada profunda y
a largo plazo nos demuestra que una y otra vez esta ley se cumple. En el
próximo módulo trataremos el tema del equilibrio y veremos esto en más
profundidad.
Ahora
lo que quiero es que reflexionemos sobre ello porque si deseamos recibir los
exquisitos regalos de la vida, de nosotras depende sembrar las semillas
adecuadas y ganárnoslo. Los regalos de la vida no llegan por suerte o azar, son
consecuencia de nuestros pensamientos y de nuestras acciones. Somos
los responsables de las cosas que suceden en nuestra vida. Esto también
será algo que trabajaremos en los módulos de autogestión, cuando veamos lo que
podemos hacer para construir la vida que deseamos. De momento lo que me
interesa es que grabemos en nosotras que nuestras acciones crean realidades y
que, cuando traicionamos nuestros valores lo que llegará a nuestra vida es
justo aquello que rechazamos.
Lo
que no sabemos es que la madre de Federica le dijo al final de su conversación
-
Hija, ¿por qué no pruebas a ponérselo difícil a
Agustín? Si en vez de decirle un simple “buenos días” le dices “Buenos días
Agustín ¿Cómo estás?” ¿no será para él más difícil no contestar?
Y
¿qué creéis que pasó? Pues que Federica fue la única vecina a la que Agustín
saludaba, incluso quién sabe si saludaba también a los demás y otros se vieron
beneficiados de su actitud.
Y si
hubiese dejado de saludarle saliendo del portal llena de noradrenalina ¿Cómo
hubiese sido su día? Me temo que lleno de “mala suerte”, ya sabemos el efecto
que tiene la noradrenalina sobre nuestra percepción de la realidad.