La madre, ante aquel atropello y muestra de insensibilidad, se llevó a la niña de aquel sádico hospital y se dirigió a su casa. Al fin y al cabo ella sabía como tratar a su hija sin hacerle daño, así que con todo el amor de su corazón cogió una venda y tratando de rozarle lo más mínimo la herida se la colocó encima para proteger la herida del exterior. ¿Te ha dolido? preguntó la madre, a lo que la niña, todavía con cierto miedo en sus ojos, respondió "no mami, no me ha dolido nada". Y su madre, muy satisfecha por no haberle hecho ningún daño su hija se preguntó como podrían haberle dado el título a aquella enfermera bruta e insolente que le había provocado aquel daño a su hija empeñándose en limpiar su herida.
(veinte años después)

Al principio la mayoría de la gente la había rechazado y dado la espalda, pero algunos, supongo que a base de acceder a ella desde la izquierda, habían podido llegar a conocer el amor y la luz que desprendía cuando se la conocía un poco más profundo y el cariño que sentían por ella era mayor que sus ocasionales desplantes y sus desprecios.
Había días en los que Federica se levantaba con un gran dolor y un gran pesar, no sabía lo que le pasaba ni de donde provenía tanto malestar y en ese tipo de días se le quitaban hasta las ganas de vivir. Más de una vez, al verla tan apesadumbrada, sus amigas y amigos le habían ofrecido un abrazo, pero ella siempre los rechazaba, ella era así, a ella no le gustaban los abrazos. En su memoria todavía estaba muy vivido el dolor que había sentido cuando una persona, normalmente en nombre del amor, la rodeaba (toda ella, izquierda y derecha) con sus brazos. Así que durante mucho tiempo había evitado, sin mucho éxito la verdad, que la gente la quisiese, resultaba demasiado amenazador.
Otra de las cosas que llamaba la atención de Federica es que nunca vestía tirantes o manga corta. Las habladurías habían construido mil hipótesis morbosas sobre sus brazos, desde que tenía pelos más abundantes y largos que Eusebio, al que apodaban "el oso", hasta que no tenía brazos. Hipótesis ésta última poco sostenible porque lo que si se podía ver sin dificultad eran sus hermosas manos, siempre de aspecto suave y cuidado. Y era difícil de creer, hasta para las vecinas más ancianas y que habían oído las historias más increíbles, que alguien no tuviera brazos y si unas manos tan bonitas. Así que Federica nunca se había desnudado delante de un hombre, y si lo había hecho había sido siempre dejando sus brazos a cubierto, supongo que desarrollando para ello una gran creatividad. Con los años, sin duda, había sido más fácil para Federica creer que los hombres no estaban interesados en ella que buscar la manera de desnudarse sin enseñar sus brazos y, sobre todo, sin que la abrazaran. Federica había acabado convenciéndose de que "yo soy así" y aunque no era feliz del todo ser de otra manera, en su experiencia, dolía, dolía mucho.