
¿En que parte de la Lujuria está el pecado?
¿En el deseo, en el grado de deseo o en aquello que se desea...?
Aunque lujuria viene de lujo, lujo viene de luxus, que es abundancia, por lo que la lujuria se refiere al deseo sexual desmesurado.
Todo parece indicar que la parte pecaminosa del pecado está en el hecho de desear a quien no es Dios. Esa es la parte imperdonable de la lujuria.
El ser humano necesita el sexo.
Aunque existen diferentes debates al respecto, el sexo es considerado una de las necesidades básicas del ser humano (remitimos a Maslow y su pirámide de necesidades). El sexo, junto al hambre, la sed, el sueño y la agresión (también la
temperatura) son las necesidades más básicas en la escala de las motivaciones humanas. Si bien, estas motivaciones son compartidas por muchos de nuestros "primos-hermanos" los mamíferos y sin ellas no podríamos vivir.
Cuando hablamos de debate nos referimos a que es evidente que el ser humano puede vivir sin sexo y sin agredir, en cambio no puede sobrevivir sin comer, sin beber o sin dormir. El tema es, ¿Y sin sexo, como nos reproducimos?
Por eso, el sexo es permitido por la religión católica: siempre bajo determinadas condiciones y premisas, como el matrimonio.
Lo peligroso, por tanto, aquí, es el deseo.
Alguien dijo que a cada deseo le precede un sentimiento, y así es. Al deseo sexual le precede el sentimiento de atracción. Los sentimientos no son sino las emociones básicas (como la rabia, la ira, el miedo, la tristeza, la alegría, la sorpresa y el asco...)
transculturales y de nacimiento... teñidas de cultura. El amor no es una emoción, es un sentimiento. Y puede preceder, o no, al deseo sexual (no siempre amor y sexualidad van de la mano) pero lo que si hace, el deseo sexual, volvernos mortales, dirigir nuestra mirada y atenciones a otro ser humano, y no a Dios y a quienes lo representan.
El mecanismo de regulación de las religiones ha sido en muchas ocasiones el miedo. Por eso, todo lo relacionado con lo sexual ha tenido connotaciones tan negativas. La masturbación provocaba ceguera y las relaciones sexuales fuera del matrimonio o de la pareja bendecida por Dios, desgracias. Las enfermedades de transmisión sexual han sido en la mayor parte de los casos las más estigmatizadas. En muchos casos su fácil curación se ha visto complicada por el secretismo, por miedo o vergüenza, de quienes las padecían.
Todo lo anterior redujo la sexualidad, esa preciosa comunión entre dos seres humanos, a la mera procreación. Grandioso fin,
evidentemente, pero que olvida otros factores como el placer, el descubrimiento del propio cuerpo y el de la persona que está a nuestro lado. Y es que, vivir la sexualidad de una manera sana, desinhibida, compartida con quien realmente deseamos, puede convertirse en uno de los principales regalos de esta vida. Además, significa una aceptación incondicional de nuestro propio cuerpo, de nuestro propio ser... y nos recuerda que dándonos con amor, solo recibiremos amor. Y sólo desde el amor podemos curar nuestras heridas.
Por último, como en todos los pecados anteriores, el factor del equilibrio es de vital importancia. El último factor de los propuestos en la lujuria, la abundancia es un factor determinante porque de nuevo encontramos en el exceso una defensa. Igual que el sexo puede ser un vehículo para entrar en conexión con nuestro ser, su exceso puede ser utilizado para justamente lo contrario, alejarnos de nosotros mismos. La búsqueda constante de sexo suele ser una huida hacía adelante para no pensar o no sentir la conexión con nuestro ser, a través de la continua conquista alimentamos nuestro ego, cogemos seguridad, una seguridad ficticia y frágil que nos lleva a necesitar más y más para poder sostenerla, pero que no nos permite un segundo para enfrentar lo que más miedo da, nuestro propio vacío, ese vacío del que intentamos huir a través de una hiperestimulación que nos mantenga permanentemente ocupados y distraídos, con la sensación en cada excitación de estar llenando algo interno y tras cada orgasmo de volver a sentir ese inmenso vacío.