Hoy voy a hablar de nuevo de un viaje, pero esta vez no de un viaje metafórico, ni inventado, sino de un viaje real, de esos que suceden tras una conjunción de acontecimientos y casualidades que impiden fluir hacia donde la vida te lleva.
Y me llevó, me trajo, a Puerto Viejo, un pueblecito de la costa caribeña de Costa Rica. Un lugar mágico donde la presencia del ser humano todavía no ha estropeado la belleza intrínseca de la belleza de la naturaleza que lo rodea. Un lugar donde la selva y el mar están separados por unos metros de arena, a veces blanca, a veces negra y las más de las veces una mezcla entre ellas, que parece disfrutar jugando a separar a los dos amantes. Aunque cuando el mar, en su deseo, se desata y se pone bravo alcanza con facilidad a acariciar troncos y raíces, completando un Amor la mayoría del tiempo contenido, coartado.

La selva también tiene sus formas de expresarse y a través de los mil y un rios que la surcan, drenando las frecuentes lluvías tropicales, le regala al mar cada día sedimentos, hojas, ramas y, en días de especial pasión, enormes troncos desprendidos con los que el mar juega durante días antes de devolverlos a la playa, como si una vez satisfecho recordará que a mayor número de troncos en la playa menos espacio le separa de su amante.
Más allá de su exuberante naturaleza, destaca con intensidad el caráctere de sus gentes. Una exótica mezcla de ticos (así se llama coloquialmente a los costarricenses), jamaicanos (o mas bien sus descendientes) y personas de todo el planeta que llegaron aquí para unos días y echaron raíces, atrapados por esa belleza que no se sabe exactamente donde ubicar, pero que te atrapa, te conquista y, si te descuidas, te secuestra.
La expresión más utilizada en Puerto Viejo es "pura vida". Se utiliza como saludo: "¡pura vida!", para preguntar "¿Cómo estás?": "¿Pura vida?", para contestar "bien, gracias": "¡pura vida!", para decir "de nada" tras un agradecimiento: "¡pura vida!", para decir adiós deseándole a uno lo mejor: "¡Pura vida!" y supongo que para otras muchas cosas más que en diez días no me ha dado tiempo a descubrir.

Y no se dice por decir, aquí la gente realmente honra sus palabras cuando expresa "pura vida", como si cada instante fuese un sorbo de vida que ha de ser aprovechado, degustado, despacito, con ese "ahorita" que es un presente continuo de final intangible. Es sorprendente la calidad en la atención al cliente, en un restaurante, en una tienda, en un supermercado, desde el hotel de cinco estrellas hasta el conjunto de cabinas de habitaciones compartidas. Todo son sonrisas, todo es "con gusto", todo es pura vida. Y eso me recuerda lo fácil que es comprometerse con hacer con alegría, con el corazón, llenando de Amor, cada tarea que la vida nos encomienda. Hay una enorme diferencia en hacer tu trabajo con presencia, con Amor por lo que se realiza o por sus consecuencias, a la amargura del "tengo que" o de la pelea continua con lo que es, con lo que se ha elegido, la mayoría de la veces desde la elección inconsciente o consciente de no elegir.
Así, disfrutando de sus sonrisas, de su entrega en el servicio, de su Amor por la vida, cierro los ojos y dejo que se grabe, aun más profundo, esa lección. Porque hacer cada tarea con Amor es estar permanentemente enamorado, no de un objeto particular al que aferrarse sino hacía todo lo que te rodea, sintiendo la magía de ser parte de un todo que, más allá de selvas o edificios, playas o asfaltos, bosques o parques, puede ser sentido en cada instante, porque cada instante es vida, ¡Pura Vida!