El cuerpo salía de aquel torbellino de sensaciones sin aliento. Había transitado muchas veces esa batalla, desde su posición inicial de testigo mudo hasta el resultado final, donde siempre acababa siendo la víctima.
Era una lucha de esas absurdas en las que los contendientes no entienden que en realidad están luchando por lo mismo, que no sólo no son enemigos sino que en realidad tienen un único fin aunque los caminos para llegar a él sean tan diferentes, quizá tan diferentes que se necesitaban el uno al otro para estar equilibrados. El corazón luchaba por abrirse, entregarse, regalarse, quería volar olvidándose de todo. La mente echaba anclas, se recogía en si misma, levantaba defensas, inmovilizaba. Uno quería tocar el cielo con las manos mientras que la otra enraizaba bien los pies en la tierra. Para un observador externo podría resultar obvio el juego, era fácil descubrir la paradoja, el resultado de la lucha era exactamente el mismo que si se dieran la mano y caminasen juntos.
Pero ninguno estaba dispuesto a renunciar a su esencia, los dos se empeñaban en hacer las cosas a su manera y no estaban dispuestos no solo a abrirse, sino a si quiera escuchar lo que el otro les proponía. Peleaban con una fuerza que iba incrementándose según aumentaba el dolor de sus heridas, sin querer mirar el espejo que reflejaba silencioso que el daño que se infringían era a sí mismos y no a ningún enemigo al olvidar que estaban peleando contra esa parte de sí mismos que no aceptaban. Ambos podían ver claramente lo que al otro le faltaba y se esforzaban por dárselo, por imponer el aprendizaje. Ambos estaban ciegos a lo que ellos necesitaban, sin duda era mucho más fácil pelearse contra el otro que enfrentarse a los miedos que ellos mismos albergaban.
Por eso era una lucha eterna, cuanto más quería la emoción desbocarse y mostrarse plena más muros ponía la mente ante aquel desbarajuste que era imposible controlar. Cuantas más razones lógicas, concretas y bien argumentadas proponía la mente más enloquecía, gritaba y se descontrolaba la emoción.
El alma mientras les miraba compasiva, sin querer intervenir aunque mandándoles señales claras de que no tendrían más remedio que entenderse. A veces les mandaba un dolor de cabeza, directamente dirigido a la mente, a veces una opresión en el pecho que no dejaba respirar con intención de despertar a la emoción, y a veces el mensaje era para ambas, picores en la piel, problemas intestinales difíciles de digerir, constipados que les encerraban en casa juntas o incluso, en las situaciones más urgentes, enfermedades graves que les obligaban a permanecer durante días en la pequeña y neutral habitación de un hospital donde era imposible no preguntarse que ocurría y donde de hecho solían abrirse, la mayoría de las veces solo momentáneamente, para dialogar.
En las ocasiones en las que el alma se desesperaba, solía pedir ayuda a otras para juntas jugar a organizar casualidades que o bien iban enfocadas a avivar la pasión de la emoción cuando ésta se daba por vencida, o bien producían situaciones imposibles de explicar para tratar de abrir los férreos controles de la mente. En las situaciones más difíciles creaban sincronicidades tan potentes que funcionaban sobre las dos a la vez y mente y emoción tenían que abrazarse para no caer. Y era durante ese abrazo cuando todo el cuerpo se iluminaba, los músculos y otros órganos se llenaban de fuerza y energía, el corazón se inundaba libremente de emoción al ser protegidos los límites por la razón y ésta se desbordaba en creatividad, signo inequívoco de la influencia directa de la emoción. Pero mantener el abrazo era difícil y antes o después la mente cambiaba la creatividad por pensa-mientos o la emoción, en un arrebato, se saltaba los límites y se perdía en ensoñaciones, fantasías o dependencias y el cuerpo físico volvía a ser el que pagaba el precio del desgarro y la separación.
Pero el Alma, que tenía conexión espiritual con todo y cuya especialidad era la Unidad, con la paciencia que le otorgaba su sabiduría les daba otra oportunidad, quizá esta vez de una manera que no pudieran imaginar y ante la que, por mucho miedo que albergasen, no pudieran escapar.