martes, 23 de julio de 2013

Los deseos básicos: Deseos de Contención


Después de los Deseos de Apego de los que os hablamos en el post anterior, seguimos nuestro camino, y hoy nos detenemos en el segundo grupo de Deseos Básicos, los Deseos de Contención.

Si buscamos en el diccionario la definición de contención, encontramos esto: “Dicho de una cosa: llevar o encerrar dentro de sí otra”.  Y aunque aquí no vamos a hablar de cosas, sino de personas, esta definición puede ayudar a entender mejor lo que os queremos transmitir.

Creo que todos estaremos de acuerdo con Aristóteles, en cuanto a que el hombre es un animal social, pero es importante saber que esta socialización comienza desde el mismo momento en que empezamos la vida.  Ser alimentado con amor, es el arranque necesario para que el bebé se sienta seguro y protegido, y es esta primera contención la que hará posible el sentimiento de pertenencia a un grupo primario (la familia). Y a partir de ella y de la seguridad que ofrece al niño, se facilitará el crecimiento de esta socialización de la que hablamos.

Como ya hemos dejado entrever, los deseos que pertenecen a este grupo son:

- Deseo de pertenecer a una familia

La familia es el primero y más básico de los grupos que acoge al niño. Es fundamental que el niño sienta que pertenece a un clan en el que pueda representarse y donde se siente integrado y arropado.

El concepto de familia hoy ha cambiado mucho con respecto a la familia tradicional. Hoy tenemos familias formadas por matrimonios o uniones de hombre – mujer, mujer sola, hombre solo, parejas homosexuales…; y aunque el tipo de familia a la que pertenezca el niño va a influir de alguna manera en su psiquismo, el impacto siempre será mucho menor que el hecho de no tener la sensación de que forma parte de un clan.  Por lo tanto, lo importante es que el niño se sienta parte de la familia, importando menos el tipo de familia a la que pertenezca.

- Deseo de tener un lugar de convivencia

Es fundamental para el niño, aparte de saberse parte del grupo familiar, contar con un lugar físico de convivencia. La cueva, el refugio, el hogar…ese sitio de seguridad no sólo ante las inclemencias ambientales, también de otros muchos aspectos externos.

Todos los seres humanos, incluidos los pueblos nómadas, necesitan de ese lugar físico donde se ubica la familia, aunque en estos grupos el lugar vaya cambiando en las distintas épocas del año. Y es que como dice Roberto Aguado en su Manual de Terapia de Interacción Recíproca : “Todos tenemos la necesidad de un útero donde hacernos hasta nacer y una vivienda donde hacernos hasta morir”.  Las personas que no disponen de ese espacio de pertenecía, protección e intimidad se encuentran muchas veces desenraizados y desconectados de los que es conveniente para ellos y para los demás.

- Deseo de defensa y protección

El ser humano es el animal más desprotegido al nacer. A diferencia de otras especies que en meses, horas o incluso días pueden alcanzar la autonomía, el hombre depende durante mucho tiempo de alguien que cuide de él, y necesita sentir esa seguridad  y protección que le da ese primer grupo o clan al que pertenece.

El niño que se siente defendido y protegido será capaz de ir abriéndose paso por los distintos retos que irá encontrando en la vida, porque ante la inseguridad normal de la infancia y de la adolescencia ante situaciones nuevas o complicadas, podrá coger la seguridad que le falta de la que sí encuentra en sus protectores y que cada vez irá haciendo más suya.

Por el contrario, no poder satisfacer esta necesidad o deseo básico tendrá unas consecuencias nefastas para la salud mental del individuo, que vivirá en un mundo de miedos y dependencia.


La contención, por lo tanto, es posible cuando nos sentimos seguros. Y hemos visto que esa seguridad nos la da el saber que pertenecemos a una familia que además nos protege, y que tiene un lugar físico donde refugiarse.  Sin este grupo de deseos realizados la persona vivirá en un estado de peligro vital, que le hará saltarse los límites y que hará imposible su equilibrio psicológico y emocional.

Mónica González Agüero
Psicóloga, especialista en infancia y adolescencia

sábado, 6 de julio de 2013

Los deseos básicos: Deseos de Apego

Hay tres grupos de deseos básicos que el niño debería poder realizar para poder crecer seguros de si mismos y sin conflictos emocionales importantes. Estos tres grupos son: los deseos de apego, los deseos de contención y los deseos de delimitación. En este post vamos a profundizar en el primero de ellos, el grupo de los Deseos de Apego.
Desde que empieza una nueva vida en el vientre materno y hasta que el bebé nace, aproximadamente a los nueve meses, madre e hijo forman parte de un mismo ser. El hijo es una parte de su madre (está de hecho dentro de ella), y no sólo recibe de ella los nutrientes que necesita para ir creciendo a través de la placenta, sino que además recibe de su madre otras sustancias (el cortisol que segrega el cerebro ante estados de ansiedad o estrés, por ejemplo) que pueden afectar a su futuro desarrollo. Por lo tanto es evidente la dependencia absoluta que tiene el feto de su madre y la importancia que tiene el estado de la madre (tanto físico como emocional) a la hora de proporcionar bienestar en el bebé en desarrollo.
Pero ¿qué pasa después del nacimiento? A pesar de la separación física que se produce cuando se corta el cordón umbilical, el bebé sigue siendo un ser absolutamente vulnerable que necesita el cuidado y protección de sus personas referenciales básicas, que como decíamos en el post anterior, normalmente son los padres. ¿Y qué es lo que le garantiza al cerebro emocional del bebé que le proporcionarán todo lo que necesita? Pues una de las necesidades más importantes que tiene un bebé, el Amor incondicional de sus padres. 
Hay una serie de características que se observan en el vínculo del bebé con sus personas referenciales básicas: la intensidad del contacto físico, la forma de sostener al niño, la capacidad para adaptarse a sus ritmos y necesidades, la eficacia de las técnicas de apaciguamiento o la frecuencia e intensidad de la expresión de sentimientos positivos hacia él. Todo esto que forma parte de un lenguaje casi mágico entre madre y bebé y supone las bases de un apego sano y seguro, que es lo que garantiza al bebé que le quieren. Y si le quieren le cuidan y por lo tanto está garantizada su supervivencia.
Este primer vínculo es fundamental ya que a partir de él se irán desarrollando todos los demás. Y es que el niño empieza a ver el mundo a través de los ojos de su madre, y se empezará a hacer una idea de lo que es la vida muy influenciada por lo que le vayan transmitiendo sus primeras personas de referencia. 
En todo este proceso los tres deseos de apego tienen una importancia fundamental. Cada uno de ellos aporta algo diferente y su carencia generará identidades conflictivas independientes:

Deseo de Admiración Incondicional
El bebé y después el niño necesita no sólo que le vean, necesita que le miren, que le admiren sin condiciones, pues sólo así será capaz de admirarse después él mismo.
Una admiración condicionada es la que depende de algún aspecto, como puede ser el estado emocional de la madre (o padre), determinadas circunstancias o ciertos comportamientos que se exigen al niño. El mensaje que se le da es: “sólo te admiro si…” y ese mensaje convertirá al niño o al futuro adulto en un esclavo de eso que se le exigió para ser admirado.
Así que si este deseo no se ha podido realizar, la persona queda condicionada en su manera de vivir a través de determinadas conductas y pensamientos. Es como si quedase siempre una huella (memoria emocional) que puede dar como resultado un adulto con un autoconcepto negativo, problemas para comprometerse o emociones negativas y defensivas hacia los demás.

Deseo de Identificación como Ser Único
Cada ser humano es único. Cuando somos capaces de transmitir esto a nuestros hijos le ayudamos a sentirse importante y a desarrollar una identidad propia. 
La identificación del niño como ser único es lo que le va a garantizar que va a ser cuidado en base a unas necesidades particulares, sólo suyas. El haber realizado este deseo cobra un papel fundamental en la adolescencia, en la que el niño se convierte en una persona independiente y diferente a sus padres, elemento clave para la salud mental del sujeto.
Las personas que no han podido realizar este deseo, muy probablemente van a tener problemas para separarse, ya que necesitarán de los demás para sentirse seguros.

Deseo de Valoración
Es el último de los deseos apego, aunque no menos importante. 
El niño necesita ser valorado, reforzado, premiado. El valorar una conducta positiva a nuestro hijo no sólo hará que esta conducta se realice más veces, sino que además será una guía para su desarrollo y aprenderá a través de los ojos de sus referentes a valorarse después él mismo.
Cuando no se produce esta valoración por parte de los padres o personas referenciales básicas puede ocurrir que la persona crezca con una inseguridad sobre sus capacidades,  necesite compensar su carencia con una búsqueda constante de valoración externa o, incluso, desarrolle una incapacidad para aceptar la valoración de los demás.

A modo de resumen, que el niño sea admirado por lo que es no por lo que hace, que sea tratado como una persona única y se le valoren sus esfuerzos y sus logros, será fundamental para que el futuro adulto crezca con la seguridad en si mismo que le permita desarrollar los recursos personales para afrontar los retos de la vida con garantías y éxito. Su carencia puede producir diversas inseguridades que limitarán la libertad y la capacidad del niño, y del futuro adulto, para conseguir éxito en aquello que se proponga.
En el próximo post trataremos el siguiente grupo de deseos básicos, los deseos de contención. 

Mónica González Agüero
Psicóloga

miércoles, 12 de junio de 2013

Deseos básicos, facilitar la seguridad de nuestros hijos


Ser padres es el mejor regalo que nos puede dar la vida, con diferencia, pero a la vez debería ser la más responsable de nuestras decisiones. Desde el momento en que nos planteamos tener un hijo, tendríamos que pensar que vamos a ser creadores y cuidadores de lo más sagrado: una nueva vida. Un nuevo ser  que va a depender en sus primeros años absolutamente de nosotros, no sólo para poder satisfacer sus necesidades básicas a nivel físico que es obvio, sino que además va a necesitar cubrir una serie de necesidades a nivel psicológico fundamentales para convertirse en un adulto sano (física y psicológicamente) y seguro de sí mismo.

En nuestro trabajo como terapeutas observamos una y otra vez la relación tan estrecha que existe entre el problema que trae el paciente adulto a la consulta y la manera en la que se relacionó con las personas importantes de su infancia, principalmente sus padres, y que a partir de ahora llamaremos "personas referenciales básicas". 

La investigación del psicólogo clínico y creador de la Terapia de Interacción Recíproca (TIR), Roberto Aguado, postula que la no realización de ciertas necesidades básicas, que define con el nombre de deseos básicos, se expresan a lo largo de nuestra vida en una amplia variedad de síntomas y problemas. En palabras del creador de la TIR “Estoy seguro que un niño no tratado de sus conflictos, será tratado de adulto de esos mismos conflictos, eso sí, traducidos a un vocabulario y a una sintomatología propia de adultos.”

Sabemos lo difícil que es ser padre. Los bebés no vienen con una guía de usuario o un manual de instrucciones, son expresiones que he oído alguna vez a algunos padres que, desde el humor, expresan su frustración o su incapacidad para manejar positivamente algunas conductas o conflictos relacionados con sus hijos. Por eso desde Avatar Psicólogos queremos aportar nuestro granito de arena, asumiendo la responsabilidad que también nos corresponde como terapeutas infanto-juveniles, para entre todos poder ayudar a nuestros niños y niñas a convertirse en adultos íntegros, que disfruten plenamente de la vida y que vean ésta desde el amor y la seguridad, y no desde el miedo o la incapacidad. 

Por eso vamos a convertir a los niños y a sus padres en los protagonistas de una serie de posts con los que pretendemos ayudar a entender la compleja relación padres – hijos. 

Los que somos padres de más de un hijo nos damos cuenta de lo distintos que son cada uno de ellos a pesar de que aparentemente reciben la misma educación. Y es que en el desarrollo de la personalidad de nuestros hijos se mezclan multitud de variables: la propia personalidad de los padres, el tipo de educación que han recibido, su experiencia como padres dependiendo del lugar que ocupa cada niño, las relaciones con otras personas, el temperamento del niño, etc.  Pero a pesar de las diferencias, hay algo que es común para todos: todos necesitan haber recibido la confianza básica de sus progenitores y poder realizar los mismos deseos básicos. Por lo tanto, estamos hablando de necesidades universales comunes a todos los seres humanos. Necesidades que el niño debe realizar a través de sus personas referenciales básicas. De ahí la importancia que creemos tiene para los padres conocerlas.

Os invitamos a acompañarnos en este recorrido en el que os iremos hablando de cada una de estas necesidades del niño, con la intención de ofrecer a los padres y educadores una guía que esperamos os ayude a avanzar con más luz en un camino tan duro como mágico. Un camino en el que podamos avanzar con nuestros niños, para que en el futuro sean capaces de seguir caminando ya sin nuestra mano, porque les hayamos ayudado a incorporar todo lo que necesiten para ser adultos seguros e independientes.

Mónica González Agüero 

domingo, 26 de mayo de 2013

Zona cero y nuestra capacidad de recuperación

El largo y laberíntico paseo desde la entrada hasta llegar al memorial del World Trade Center hace que te de tiempo a ir recapitulando en tu mente los acontecimientos que ocurrieron ese día. Una vez pasados los controles de seguridad, en cada paso va creciendo el silencio y las imágenes recibidas van tomando vida no sólo en la fría distancia sino que, de alguna manera, estar en el lugar te envuelve y eres más consciente de lo que tuvo que ser estar allí en el día de la tragedia.

Pero antes de llegar ya te impresiona algo, desde muchos puntos de la ciudad de Nueva York se observa un imponente edificio, aún con algún piso por terminar, pero con las antenas de la azotea señalando que lo principal está hecho. Es el One WTC (el edificio Uno del futuro complejo World Trade Center) y, aunque no son las torres gemelas, su simbolismo es incluso mucho mayor.

Más allá de su altitud 1.776 pies que representa el año de la independencia de Estados Unidos o que su azotea estará colocada a la altura exacta que tenían las torres gemelas, para mi lo más importante es que representa la capacidad del ser humano para levantarse ante cualquier circunstancia que se produzca.

El poder del odio y de la destrucción que provoca pueden ser tan grandes como lo ocurrido el 11 de septiembre de 2001, pero la creatividad, la pasión, la ilusión y la perseverancia de los seres humanos les permite levantarse de sus escombros con más fuerza, más consciencia y más belleza que cuando cayeron.

Es como mirar a los ojos al mal, sería increíble si pudiésemos hacerlo mirándonos a los ojos a nosotros mismos, allí donde reside la misma semilla por la que culpamos a otro, y decirle "Mi parte sagrada es más fuerte". O cómo nos indica el Ho'oponopono "Lo siento, perdón, te amo, gracias".

Obreros colocando las dos piezas finales de la aguja, en lo
alto de la torre One WTC a 1.700 pies de altura.
Destruir es más fácil y mucho más rápido que construir, pero justo ahí donde parece que reside su fortaleza está su mayor debilidad. La destrucción se gesta en unos meses, en unos años quizá, y dura unos segundos, unos minutos, unas horas. A partir de ahí, empieza la construcción. Para reconstruir lo perdido ésta se alarga durante años pero con cada piedra puesta para levantar lo nuevo el corazón se llena de energía creativa y del amor necesario para construir vida, el cuerpo conecta con sus recursos más extremos, con todo su potencial y todo unido nos acerca a la esencia más profunda de un ser humano. Así que durante todo el largo proceso de construcción estamos conectados con nuestra fuente, con eso que nos hace sentir plenos, vivos. Mientras que cuando destruimos, la satisfacción generada por el alivio de nuestro rencor solo dura unos segundos, unos instantes emocionales que no llenan el vacío en el que nos sentimos mientras permanecemos alejados de nuestra esencia humana, el Amor.

Para vivir tras un golpe tan intenso se necesita superar un reto muy exigente: trascender el odio que la acción del otro nos produce. A veces ocurre que nos quedamos enganchados a la rabia, el rencor y el deseo de venganza que la afrenta recibida nos produce. Entonces iniciaremos una guerra contra nosotros mismos, porque el odio que nos mueve a combatir al otro es el mismo que albergamos dentro y nos da fuerza para hacerlo, así que nunca podremos eliminarlo fuera porque... ¡está dentro!
Es esta paradoja la que produce una espiral de destrucción, de guerra, de desconexión que ha acompañado al ser humano en toda su evolución y que, supongo, seguirá con nosotros hasta que lleguemos al nivel de evolución requerido para la iluminación. Ya Buda decía que hasta que el último ser humano no se iluminase él no alcanzaría la iluminación, gran lección que nos recuerda que somos uno y que sólo si hacemos las cosas diferentes, sólo si tenemos la valentía de transformar el odio en amor, la reacción en comprensión y elección, podremos ayudar al otro a hacer su propio proceso. Siempre recordaré la lección de Irene Villa cuando nos decía que los terroristas le podían haber arrebatado sus piernas, pero que si conseguían contagiarle su odio entonces lo que le habrían quitado sería su vida.

Está claro que todavía estamos lejos de superar y gobernar nuestros miedos más profundos, pero lo que quiero señalar en este post es nuestra capacidad para hacerlo. Podemos elegir declarar una guerra o reconstruir más bello lo que nos han arrebatado... podemos elegir.

Escribiendo esto recuerdo las palabras de José María Doria:
"No te enfrentes al mal, trabaja enérgicamente a favor del bien"

No quería terminar este post sin honrar el esfuerzo y sacrificio de los trabajadores de los equipos de emergencia que ofrecieron su vida tratando de ayudar a los demás. Para todos ellos y para sus familias, mi agradecimiento, mi respeto y mi recuerdo, que será inspiración para nuestras acciones.

Placa conmemorativa de los profesionales de primera respuesta en Emergencias,
en el monumento de conmemoración situado en el lugar donde estaría la primera torre.

martes, 30 de abril de 2013

Creemos demasiado a nuestros sentidos

Creemos demasiado a nuestros sentidos. Nos proporcionan un montón de datos que nos ayudan a movernos por el mundo y a mantenernos vivos. Pero también sabemos que nos engañan. Nos hacen sentir que estamos quietos y estables cuando sabemos que la Tierra se mueve a muchos kilómetros por hora, nos dicen lo que existe y lo que no cuando sabemos que hay muchos colores, sonidos, sensaciones que no entran dentro de nuestros umbrales perceptivos, nos señalan que hay cosas sólidas cuando sabemos que los átomos que las forman son fundamentalmente vacío. Son una guía imprescindible en nuestro día a día, por más que seamos conscientes de que nuestro día a día no es real. Tratamos de ser objetivos cuando sabemos que la objetividad es una ilusión. Lo verdadero para nosotros es lo que se ajusta a nuestra capacidad perceptiva y a nuestras creencias así que vemos el mundo traducido a lo que somos ¿Y qué somos?

A veces pensamos que lo que somos es lo que pensamos que somos, nuestros pensamientos. Pero ¿de dónde viene un pensamiento? ¿Cómo se construye? ¿Quién lo crea? Al final los pensamientos, como todo, surgen de la nada y vuelven a la nada tras ser pensados. Esa NADA que los sabios de nuestros tiempos y de tiempos ancestrales llaman consciencia pura, potencialidad pura dentro del infinito de posibilidades. Dicen que somos mucho más de lo que creemos que somos desde nuestros sentidos. Y a nosotros nos cuesta creerlo, porque nuestros sentidos nos dicen que nacemos, crecemos, nos pasan mil y una cosas tangibles y nos morimos. Y cuando morimos todo se acaba. Y nos lo creemos, aunque sabemos que nuestros sentidos nos mienten.

Es difícil, muy difícil, entender desde nuestros sentidos limitados que somos NADA y a la vez que somos TODO. Cuando dejamos por unos instantes de HACER, de pensar, nos encontramos con esa nada que algunos llaman SER. Si fuésemos percibidos por un microscopio cuántico no habría diferencia entre un objeto y otro, todo serían partículas vibrando a diferentes velocidades, seríamos una parte más del TODO.

Supongo que es más fácil creer algo que sabemos que es mentira que algo que desconocemos y que escapa a nuestro entendimiento "lógico". El vacío asusta a nuestra mente y en muchas ocasiones creemos que somos nuestra mente. Así que jugamos a ser lo que parece que somos, ciñéndonos a los límites que necesitan nuestros sentidos para poder percibir, porque sin límites, sin dualidad, nuestros sentidos se pierden. Y no podemos dejar que se pierda el que nos miente, porque entonces no habría mentira y sólo quedaría el vacío. Y quizá ahí resida el Ser, pero el vacío no le gusta a la mente, así que desechamos esa pista para volver a la información tangible de los sentidos. Ahí está la verdad, dirigida por quién nos miente, muy lógico ¿o no? Pero si no es lógico no es coherente con la mente. No importa, estamos bien enseñados a vivir en la incoherencia ¿Cómo si no podríamos creer en aquello que sabemos que está basado en una mentira?

Y si somos conscientes de que vivimos una mentira... ¿Cómo podríamos hacer que esa mentira fuese más cercana a la verdad? Pues el primer paso sería no creernos las mentiras de nuestros sentidos y nuestra mente, dejar pasar los pensa-mientos, entrar de vez en cuando en esa NADA que nos recuerda nuestra esencia. Eso es de alguna manera lo que intentábamos transmitir en el post sobre el camino para la reconexión con el Ser.

Y puestos a vivir en una mentira... ¿Por qué no elegir la parte de la mentira que nos haga sentir bien? ¿Por qué no elegir la felicidad ante el sufrimiento?

A veces sólo hay que abrir los ojos para poder ver, abrir los oídos para poder escuchar, abrir el corazón y la piel para poder sentir... Otras sólo tienes que ser un observador imparcial del río de la vida que fluye a través de ti.

jueves, 11 de abril de 2013

Agua Estancada

Me gusta imaginar que la vida es un río que nace limpio, inquieto, alegre y vigoroso.  Que en su camino va atravesando distintos ciclos que le hacen crecer. Y que en ese proceso increíble descubre nuevos paisajes, sortea mil obstáculos y crea vida a su paso, hasta llegar a la plenitud del océano.

En el río de nuestra vida, hay momentos en los que avanzamos junto a la orilla del placer y entonces no tenemos problema en dejarnos llevar por la corriente. ¡Nos encantan esos tramos del camino! Pero necesitamos también la otra orilla, la del dolor, porque un río sin cualquiera de ellas se desbordaría. Porque juntas nos marcan el camino y nos permiten seguir avanzando. Y porque de las dos vamos recogiendo aprendizajes que nos harán seguir creciendo. 
Pero a veces este viaje maravilloso se detiene. Los muros que nosotros mismos nos ponemos, o que nos han puesto otros limitando nuestro Ser a una mínima parte, y el miedo a tocar la orilla del dolor pueden  paralizarnos o hacer que intentemos nadar contra corriente y nos quedemos atrapados. Es entonces cuando nos convertimos en agua estancada. Y sólo hace falta pensar un momento en lo que le pasa al agua cuando se estanca… Mal olor, putrefacción, enfermedad…
Nuestro cuerpo nos ayuda a darnos cuenta de estos bloqueos, a través de multitud de síntomas que no siempre atendemos como merecen. La ansiedad, por ejemplo, muchas veces nos advierte de que nos hemos quedado atrapados en algún aspecto de nuestra vida. Y  en vez  de dejar que se exprese e intentar comprenderla, la convertimos en el enemigo porque queremos evitar a toda costa tocar esa orilla. Nos cuesta entender que estas señales lo que pretenden es evitar que nos convirtamos en agua estancada. Nos están diciendo: “hay algo que tienes que hacer. ¡Avanza!”
Es verdad que los cambios a veces asustan y que avanzar implica incertidumbre. Pero yo hace ya tiempo que decidí coger a mis miedos de la mano, y descubrir juntos este camino maravilloso de sorpresas y retos que es la vida. Llevando el timón, claro que sí, pero siempre hacia delante, aprovechando la corriente.  Decidí ser AGUA VIVA.
Y tú, ¿qué quieres ser?

Mónica González Agüero
Psicóloga

domingo, 31 de marzo de 2013

Lo fácil es hacer difícil lo que intentamos que sea fácil

- Pero es que eso es muy difícil - protestó Federica, con palabras que se le caían de los labios quizá intuyendo que iba a provocar otra de esas lecciones que le dejaban sin respuesta y que tanto se estaban produciendo últimamente.

- Genial

- ¿Genial? - su intuición no se equivocaba, tras aquella  simple palabra se escondía algo más que lo que aquella misteriosa persona que se volvía a cruzar por casualidad en su vida parecía demostrar.

- Si, genial.

-  ¡Qué fácil es decir eso!

- Lo fácil es hacer difícil lo que intentamos que sea fácil - respondió el anciano provocando por primera vez en la conversación que sus ojos se encontrasen.

- No entiendo que quieres decir ¿es otro de tus juegos?

- No, simplemente es que lo verdaderamente difícil es que lo fácil nos de algún resultado diferente a los que ya hemos obtenido intentando ya lo que era fácil.

- No entiendo ¿por qué tienen que ser las cosas difíciles cuando una vez me decías que lo que tiene que ser es? ¿No debería ser la vida más fácil?

- La vida, Federica, se hace fácil cuando comprendes que es difícil. Solo cuando aceptas el reto que cada situación te exige en su justa medida, tu mente se pone en marcha para elaborar los recursos que necesitas para encontrar una solución lo suficientemente creativa para convertir ese reto al que te enfrentas en algo, de nuevo, fácil.

Federica trataba de ordenar las ideas que estaba escuchando y su silencio fue señal de que quería seguir escuchando.

- Por el contrario - continuo el anciano - cuando pretendemos que las cosas sean fáciles, nada en nosotros se prepara para dar un salto cuántico en las opciones que habíamos intentado antes. Más bien esperamos que algo de fuera solucione el reto por nosotros y eso, querida amiga, es lo verdaderamente difícil. Porque, incluso si ocurriese, no habríamos aprendido nada, no habríamos evolucionado ni crecido y ¿Cuánto crees que tardaría una situación parecida en convertirse de nuevo en un problema?
Así que las personas que esperan que las cosas sean fáciles viven una vida difícil mientras que las personas que aceptan que la vida es difícil, al utilizar los eventos de sus vidas para evolucionar y crecer, muy pronto los traspasan y hacen que aquello que antes era difícil ahora sea fácil, teniendo por tanto una vida cada vez más fluida y con menos problemas.

Federica no sabía que responder, la cuestión parecía tan contradictoria como simple y había pocos argumentos para contradecir lo que aquella misteriosa persona volvía a compartir con ella. Quizá al hacer lo difícil, escuchar, en vez de lo fácil, defenderse, había transformado las cosas en fáciles.