
La rabia es una emoción que nos permite defendernos cuando nos sentimos agresivos, es un mecanismo de defensa normal y adaptativo que nos permite sobrevivir en entornos amenazantes o violentos. ¿Por qué la ira entonces es un pecado capital? ¿Cómo puede ser pecado algo que nos permite defendernos y sobrevivir? Pues posiblemente porque todos tenemos la responsabilidad de crecer, de evolucionar, de sentirnos más seguros de nosotros mismos. Y cuando nos sentimos seguros de nosotros mismos no hay lugar para la ira sino para la comprensión. La manifestación de la ira es la violencia, y así como la rabia es una emoción que viene de una parte del cerebro muy automática y que escapa a nuestro control consciente, la violencia es una conducta y como tal tenemos mucho más poder para manejarla y evitarla. La rabia es sana y nos la podemos permitir (concentrándonos en sentir la sensación en el cuerpo y dejando que esta pase como con el resto de las emociones), la violencia es la expresión externa de esa rabia y en la mayoría de las ocasiones es absolutamente prescindible y contraproducente.
Contraproducente por dos motivos: Uno, porque nos lleva a agredir al otro y eso tiene unas consecuencias para nuestras relaciones muy negativas, una vez hecho el daño la herida, o al menos la cicatriz, permanece. Además al agredir al otro es normal que se sienta en peligro y también se defienda agrediéndonos a nosotros. La ira destruye.
El segundo motivo es que cuando agredimos al otro ponemos el foco de atención fuera de nosotros y eso no nos permite crecer ni aprender. Si algo me provoca daño es que yo me siento inseguro o en peligro y eso debería ser lo más importante ¿por qué me siento en peligro? ¿por qué me afecta esto que me han dicho o hecho? con estas preguntas de calidad podemos acceder a esas zonas de nuestro ser que todavía tienen miedo o se sienten en peligro y con ello se nos abre una increíble oportunidad para cuidarnos, sanar nuestras heridas y seguir evolucionando. Cuando alguien toca en algún sitio donde no tengo herida no suele dolerme, si alguien me toca y me duele... tengo dos opciones, centrarme en que el otro me ha tocado (y no dudo que nuestro cortex cerebral será capaz de encontrar una justificación creíble a nuestra ira) o centrarme en por qué si el otro me toca ahí (y precisamente ahí) me duele y empezar el proceso de sanación.
Cuando una persona se siente segura puede responder ante los demás desde la comprensión y el amor. Quizá por ahí pase la solución para erradicar la ira. Cuando un ser humano se pone agresivo es porque se siente inseguro o amenazado y cuanto más agresivo es porque el nivel de amenaza que percibe es mayor. Por ello las personas más agresivas son sin duda las que más amor necesitan. Para que se produzca una agresión es imprescindible que haya noradrenalina en la sangre (y por tanto que no haya serotonina que es la sustancia de la seguridad y que es incompatible con la anterior) y para que haya noradrenalina en sangre nuestro sistema límbico ha tenido que percibir una amenaza. Es biológicamente imposible que sin esa percepción de peligro el sistema límbico se excite e igual de imposible que con el sistema límbico en modo seguro haya rabia.
¿Y que hacemos nosotros cuando vemos a una persona que siente miedo? ¿agredirle o cuidarle? ¿amenazarle o darle seguridad? Si agredimos, repito, es por nuestra propia inseguridad no por lo que el otro haga y estamos fomentando el círculo vicioso de la violencia.
De nuevo nos encontramos que un pecado capital es una emoción o acto normal que llevado al extremo se convierte en disfuncional. No podemos olvidar que una persona que reprima excesivamente su rabia será una persona incapaz de decir que no o de poner límites a los demás y por lo tanto se situará en una posición de victimización que puede facilitar o incluso provocar agresión de los demás.
Es importante aprender a permitirnos y expresar nuestra rabia de una manera más funcional, aprender lo que nos dice, así jamás se convertirá en ira y menos en violencia física o verbal contra los demás.




